APRENDIZAJE

¿POR QUÉ HA MUERTO MI HIJO? ¿POR QUÉ NOS HA TOCADO A NOSOTROS?

 

Estas preguntas, aunque nos las hacemos todos los padres que pasamos por eso, no tienen respuesta y nos conducen inevitablemente a un callejón sin salida. La muerte de un hijo no puede entenderse desde la razón. De nada sirve darle vueltas a lo sucedido, intentando evitar lo que ya es irreversible. Recuerdo que cuando yo me preguntaba por qué, caía en lo más profundo de la desesperación. Los “por qués” no me ayudaban, ni la resignación tampoco. Lo que me ha permitido ver la luz al final del túnel es ir aceptando poco a poco la vida tal como es. Entender con el corazón que la muerte forma parte de la vida y que el amor que siento por mi hijo Ignasi es eterno, forma parte de mí, aunque no pueda verle ni abrazarle.

NADA ES PARA SIEMPRE (DIARIO)

 

15 de junio de l999

(Mañana)

¡Todos en casa tenemos tanto que aprender! Estamos construyendo una nueva vida, una nueva relación. Ahora somos tres y todo es distinto. La muerte de Ignacio nos ha enseñado que nada es para siempre. Que hay que estar constantemente dispuesto a reinventar la vida. A volver a empezar. Nunca se parte de cero. Todo lo que has andado, lo bueno y lo malo, forma parte de ti. Cuando nace un hijo, incluso cuando todavía se está gestando, ya percibe todo lo que le rodea y las emociones que experimente hasta los 3 años forjarán la base de su carácter y le predispondrán de una forma u otra ante la vida. Con el tiempo las personas tenemos la posibilidad de mejorar o empeorar, según juguemos las cartas de la baraja. Es decir, si aprendemos de nuestros errores, cada vez cometeremos menos, en cambio, si nos dejamos llevar por el miedo y lo que aparentemente nos parece más cómodo, seguramente perdamos buenas oportunidades para desarrollar nuestras capacidades y nuestra fortaleza interior.

APRENDER A CUIDARSE (DIARIO)

 

28 de junio de 1999

(Tarde)

Hace 10 días que no voy a trabajar. Estoy agotada y he pedido la baja laboral para recuperar fuerzas. Agradezco de todo corazón a Hymsa su comprensión. Todos mis compañeros, de una forma u otra, me han mostrado durante estos meses su lado más cariñoso. Pero mi profesión se encuentra ahora relegada a un último término. Necesito estar en casa para reencontrarme a mi misma y volver a empezar.

En la intimidad de mi hogar me siento bien, mucho mejor que fuera. Ahora no me importa limpiar, al contrario, parece como si al hacerlo ordenara también mi mente. Del exterior sólo me interesan mis amigos. De alguna forma, aunque hemos entrado ya en el verano, estoy invernando. En cambio, mi hijo Jaime, adolescente, está haciendo el camino inverso. Se está abriendo al mundo y esto me produce una inmensa satisfacción. Creo que hoy ha sido la primera vez que ha dormido en casa de un amigo, después del accidente, y ahora está en el cine con otro compañero. Esta descubriendo el valor de la amistad. Es valiente. Y a mí me produce mucha ilusión verle avanzar. Tengo la sensación de que los tres -Luís, Jaime y yo- estamos avanzando aunque debemos recorrer caminos distintos. Cada uno el suyo, con la ayuda de los demás.

Los progresos son lentos y profundos. Por ejemplo, desde la muerte de Ignacio he soñado muchas veces que me dejaban un bebé. Intuía que estaba mejor conmigo que con sus padres, pero cuando lo tenía en brazos, de un modo u otro caía y se daba un fuerte golpe en la cabeza. No se moría pero mi angustia era tal que me despertaba llorando. La impresión no se desvanecía durante el día y presentí que el inconsciente había dado con algo importante. Primero pensé que el bebé representaba a Ignacio pero luego me he dado cuenta de que soy yo. Porque el día que hablé con mis jefes para anunciarles -después de haberme costado muchísimo decidirme- que no volvería al trabajo hasta dentro de tres meses, soñé que el bebé que me dejaban era una niña y empezaba a andar cogida de mi mano. Y no sólo no caía, sino que la entregaba a sus padres, después de pasear juntas, plácidamente dormida.

CREAR ARMONÍA (DIARIO)

 

21 de junio de 1999

(Mediodía)

Vivo, en parte, en el reino del inconsciente, como Alicia en el país de las Maravillas. Mis fantasmas y yo estamos poniendo orden a todo lo que he acumulado desde que nací. No puedo empezar una vida nueva sin desprenderme de parte del lastre (miedos, complejos, culpas, frustraciones, prejuicios…) que guardaba con celo en lo más hondo. Por la herida que ha abierto la muerte de Ignacio intento dejar escapar el humo negro que me impide avanzar. Cuento con personas que me quieren y con esto, con el amor, basta. Lo demás pesa y paraliza. No quiero darle la espalda a la vida, al contrario. Quiero vivirla con ilusión hasta el último momento y compartirla.

Mis hijos me enseñaron a ser tierna y esa ternura es un tesoro al que puedo recurrir ahora. Ahora que sé que el amor no se pierde aunque la persona querida no se encuentre en este mundo. Todo el cariño que he recibido y he dado perdura, es eterno. Por eso encuentro tan gratificante vivir, porque me permite acumular amor.

Yo he tenido fama de ser dura, sobre todo porque he juzgado constantemente a los demás. Eso conlleva un peso terrible. Me doy cuenta que la mayor liberación consiste en dejar que los otros actúen como entiendan. Quiero dejar fluir la vida sin ponerle resistencia. Al fin y al cabo de mí depende muy poco. De hecho, con aceptar mis responsabilidades, errores, defectos y virtudes ya tengo bastante. También me he dado cuenta que al ir desprendiendo «humo negro» es más fácil encontrarle gracia a la vida. La gente responde bien, las cosas me salen mejor. Es gratificante trabajar con todos los sentidos para crear armonía.

SEGUIR EL PROPIO RITMO (DIARIO)

 

 

21 de junio de 1999

(Tarde)

A los pocos días después del accidente vino a visitarnos una amiga de Luis a casa. A esta chica se le murió hace años una hija pequeñita. Con toda la buena intención del mundo, le dijo a mi marido que nos iría muy bien que algún familiar guardase todos los objetos de Ignacio en cajas para evitarnos a nosotros el dolor de hacerlo, y para que no nos encontráramos con sus recuerdos por todas partes. La idea me aterrorizó, me entraron ganas de “asesinarla”.¿Cómo se había podido imaginar que me iría bien borrar de un plumazo la presencia de Ignacio en casa? A mí me gustaba encontrarme con las cosas tal como las dejó. Me era imposible pasar de tenerlo físicamente, besarle, mirarle, abrazarle… a, de repente, no ver sus camisas, sus libros, sus apuntes, sus libretas, el equipo de fútbol, sus dibujos, sus papeles… De hecho, estuve casi un mes durmiendo con una piedra de cuarzo que Elisabeth le regaló cuando tenía once o doce años.Él se había acostado muchas veces con la piedra en la mano y durante aquellos días yo la llevaba como un talismán, como si el contacto de aquel objeto me permitiera estar unida físicamente a mi hijo. Necesité tiempo para despedirme despacio de todas sus cosas. Algunas, como esa piedra, su libreta de literatura y sus diarios, las guardo como joyas. Otras, que ya no tenían valor para él ni para nosotros, como los apuntes que fue acumulando curso tras curso, las fuimos quemando en Menorca, en la chimenea, tres meses después del accidente. Yo no tuve el valor de tirar ni un sólo papel al fuego. Fue Luis quien, con lágrimas en los ojos, se encargó de hacerlo.

Creo que el duelo es algo muy personal, que cada uno ha de ir a su ritmo, sin imposiciones. No existen recetas mágicas. Lo único que sirve de forma general, pienso, es no eludir el dolor. No darle esquinazo, ni recrearse en él, dejarlo fluir. Y avanzar despacio, muy, muy despacio.

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