LA BELLEZA DE LOS DESAFÍOS
Cuando atravesé la noche más oscura que de momento he vivido, de poco me servía que me afirmaran que yo saldría de ésta porqué era fuerte, tampoco me ayudaba que me dijeran que mi pena, mi desgarro, era para siempre.
Yo no quería ni lo uno ni lo otro; ni tirar la toalla y abrazar la amargura, ni pasar página agarrándome a una supuesta fortaleza que en aquellos momentos me era tan ajena.
Me sentía morir, eso sí, al despertar, a media mañana, por la tarde y cuando me acostaba. Entre medio, había algún destello de luz y a eso me aferraba. Algo me susurraba que solo tenía una salida: mirar hacia dentro y sentir el dolor insoportable, la locura que produce la muerte de un hijo, de un ser inmensamente amado.
Yo me rebelaba, quería mi vida de antes; envolverme en la alegría que sentía cuando él entraba en casa, arroparme en la agradable sensación de cerrar la puerta con llave, de noche, sabiendo que estábamos todos dentro.
Como un ciego, a tientas, he pasado años aprendiendo a relacionarme de otro modo con Ignasi. No puedo verlo, pero nuestro amor permanece intacto. Soy la madre de dos hijos fantásticos y la abuela de un niño maravilloso.
Para sentirme en paz con la vida me ha ido bien ampliar la mirada, dejar de luchar, sumar cariño, buscar la belleza en cada desafío. Mirarme con dulzura, descansar cuando me siento fatigada…
EL VIENTO DE LA VIDA
Ahora, que estás herida, tal vez no encuentres a nada sentido. Podrías dejar pasar los años, resignarte a una existencia amarga, solitaria y vacía. Es una opción.
Sin embargo, te propongo explorar otros caminos. En ningún momento te pido que dejes de estar triste, tienes todo el derecho a llorar tu pérdida. Las lágrimas son tan sanadoras!
Date tiempo para sentir sin reservas tu duelo, para gestar un nuevo comienzo, llevando en tu corazón a todos tus seres queridos vivos o muertos.
No se trata de olvidar, sino de acoger tus miedos, con dulzura, y volver a encender el fuego sagrado que impulsa la vida y sostiene al Universo entero.
No sabemos cuando va a ser nuestro último aliento, por eso este momento es único y encierra la posibilidad de amar, de crear armonía, de perdonar.
El dolor es parte de la vida y suele dejarnos tiritando en la cuneta, pero más allá del dolor brilla la llama de tu hoguera. Esa que te arropa, que te susurra que salgas de la cama cuando no puedes ni con tu alma.
Puedes resignarte y morir con mil corazas y el corazón cerrado o abrir de par en par las ventanas y entregarte con gratitud al viento, a veces soplará una brisa cálida, otras, un viento helado. Tal vez, vivir es esto, aprender a aceptar los cambios.
ESCUCHA EL SILENCIO
El ajetreo del día a día, a menudo, nos confunde. Hay tanta información, tantas prisas, tanto ruido en nuestras vidas, ¿verdad?
Es fácil quedar atrapados en un diálogo de sordos, en el que impera la queja, la crítica, el desaire…Y Así, intentando echar pelotas fuera, inquietos, quedamos anclados.
A mi me parece que no es posible despertar de la vorágine de los desencuentros, con los demás y con uno mismo, sin recogimiento.
Parar y escuchar al cuerpo, sin hacer nada, hasta poder oír al alma es, a mi entender, el paso necesario para vivir un gran cambio. Lo nuevo surge del impulso que sale de dentro, de una determinación íntima y silenciosa.
Para renacer es buena la calma que acompaña al silencio, salir de nuestra historia y contemplarla, con sigilo y cariño, de lejos. No siempre lo conseguiremos, pero siempre podemos volver a intentarlo.
SENTIR COM-PASIÓN
Es posible que ahora, que estás de duelo, arrastres los pies como si llevaras todo el peso del mundo a tus espaldas. Necesitas, como agua de mayo, liberarte de esa carga de sufrimiento que te mantiene en constante tensión.
El dolor es inevitable y la muerte de un ser inmensamente querido duele mucho, pero amar no tiene nada que ver con sufrir. Abre tu corazón, no te resistas, deja que la pena te atraviese, como la niebla, tantas veces como aparezca, hasta que se desvanezca sola.
Mientras, escucha música, baila, paséate por el campo, mírate con ternura, ten compasión de ti misma y déjate mecer por los pequeños placeres de la vida. No te niegues un ratito al sol, sin hacer nada, sintiendo su calor. Mójate los pies en la orilla de la playa.
Se trata de sentir con las entrañas, no te fíes de la mente, ella no puede trascender nada. Cuando llame el miedo, la rabia o la tristeza no los dejes fuera, pero tampoco cierres la puerta a la alegría, al amor en estado puro, al placer de las caricias, a la calidez de los abrazos, al deleite de saborear la vida. Si alguien se merece volver a ser feliz, esa eres tú. No lo olvides. Cada luz que se enciende ilumina a toda la humanidad.
INSTANTES MÁGICOS
Recuerdo que me desperté una noche, no tendría más de 14 años, y me quedé embobada mirando la luna que asomaba desde la ventana de mi habitación. Tome conciencia aquel día, sin saberlo, de la infinitud del Universo. Fueron unos instantes intensos, de conexión con algo sagrado, que me impulsó a preguntarme, con honestidad,
“¿Quién soy?”, “¿Qué hago aquí?”, “¿Qué es esto que llamamos vida?”
Han pasado muchos años y sigo sin tener respuestas, solo sé que la magia está en el presente, en ese preciso segundo en el que respiro. Aquí todo es posible. Es lo único real que tengo. En cambio, cuando estoy en el pasado me pierdo, me quedo atrapada, sin fuerza. Algo parecido, pero para mí demoledor es intentar controlar mi futuro. Eso me provoca una ansiedad tremenda.
La vida emerge del presente, ahora, aunque este momento sea doloroso y sienta miedo, es vida. La vida siempre intenta preservar la vida y, si no me resisto, puedo pasar pantalla. Si no me escondo, si acepto lo que siento, se produce el milagro. Pero el primer paso, el de la entrega a lo que hay, lo tengo que dar yo, es la única manera que conozco de llegar a la alegría serena, al sosiego.
SIGUE TU INSTINTO
A mi me parece que nadie muere un minuto antes o después de lo pactado, puede ser cierto o no, ¿quién sabe? pero a mi esto me consuela.
Me gusta imaginar que las vidas cortas pertenecen a seres llenos de luz que han venido, por amor, a despertarnos la conciencia, a flexibilizar corazas, a romper máscaras, a enseñarnos, a través del dolor de su partida, lo esencial.
Porqué después de la muerte de un niño, de un joven, de alguien que está a mitad de camino nada es como antes, todo adquiere otra tonalidad.
Ya de poco nos sirven las apariencias sociales, la vida se reduce a encontrar la parte amable y bondadosa de todo, vivir al día, sin grandes expectativas, agradecer la calidez del sol, poder compartir sentimientos y emociones.
Mirar el cielo, entregarse a la serenidad del silencio, reír por nada, seguir nuestro instinto, con honestidad, como lo hacen los niños.
Apreciar la sencillez, hacernos la vida fácil, sin complicarnos en mirar lo que hacen bien o mal los otros. Sin pretender cambiar a nadie. Conectar con algo más grande, con la plenitud y la paz que conlleva aceptarnos como somos, no como nos gustaría ser.
Antes de disfrutar de esos regalos que encierra atravesar el duelo es preciso sentir, sin rehuir ni aferrarse a nada. No es fácil porque el carrusel de emociones es tremendo y nos da miedo, pero suele ser la clave que abre las puertas a nuestro renacer.
Al fin y al cabo, tardemos lo que tardemos, el instinto nos lleva siempre a preservar la vida.
TÚ PUEDES
Quizá no sepas por dónde tirar o no quieras seguir o, simplemente, te parezca imposible conseguirlo. Seguramente estás tan cansada que te cuesta horrores levantarte de la cama.
Sí, probablemente ahora –después de un año, dos o tres o los que sean de su partida-, te sientes tan mal como al principio. Es normal. El duelo por la muerte de un hijo es largo y tiene muchos altibajos, cuesta mucho volver a la vida, pero es posible.
De momento, estás perdida pero acuérdate de todos los cambios que has ido afrontado desde pequeña. Sí, es cierto, nada es comparable a esta locura, lo sé, tan solo te pido que seas paciente y amorosa contigo, que no te cierres las puertas.
En el fondo sabes que de nada sirve morirse en vida, que todo pasa; lo bueno y lo malo también. Solo el amor que compartes con tus seres queridos perdura.
No pidas que las cosas sean como antes, eso no puede ser. Estás viviendo un cambio tan profundo que lo natural es que estés asustada, te has quedado desnuda, en carne viva, te estás reinventando y todavía no sabes cómo va a ser la mujer que estás creando. Es mucha incertidumbre.
Tardes lo que tardes, estás en la antesala de un nuevo comienzo, nunca lo hubieses elegido, pero lo más probable es que resurjas con una mirada más amplia, más honesta, que te sientas, de alguna manera, mucho más libre. Con la ilusión de volver a bailarle a la vida.
DESPUÉS DE LA MUERTE DE UN HIJO
TALLER DE DUELO EN SANTANDER
SÁBADO 24 DE FEBRERO
La muerte no sigue un orden cronológico, no entiende de edades y algunas personas tenemos que enfrentarnos al desgarro, al dolor inmenso que produce perder un hijo. Nadie, creo, está preparado para eso.
Después de un golpe así es difícil volver a encontrar sentido a la vida pero, aunque parezca mentira, no es imposible. De los destellos de luz que me han ayudado a atravesar mi duelo hablaremos el sábado 24 de febrero en Santander. No hay fórmulas mágicas, cada uno tiene que recorrer su propio camino, pero si mis palabras reconfortan un poco algún corazón roto me sentiré inmensamente feliz y agradecida.
Me hace ilusión estar en Cantabria y compartir mi experiencia. Hace tiempo que venimos hablando de este taller y ahora es ya una realidad. Doy las gracias, de ante mano, a las personas que asistirán, algunas las conozco como a Maite Amigó, a otras las conoceré allí y agradezco especialmente a la psicóloga María Fernández Levín su amabilidad y la eficaz organización del encuentro.
Nos vemos en Santander.
Si necesitas más información:
Tels: 942 037 093 – 637 447 931
COMPARTIR EL DOLOR
Dicen que la muerte de un hijo acaba con muchas parejas y seguramente es así, pero, a mi entender, el motivo no es la muerte del hijo, sino los desencuentros silenciados, tal vez durante años.
Los reproches antiguos, la falta de amor en la mirada, pesan tanto que no es posible sostenerlos cuando la vida pierde sentido y el dolor lo inunda todo. Al contrario, la grieta se ensancha tanto que suele resultar imposible fingir.
En cambio, si a pesar de todos los altibajos que la convivencia conlleva, predominaba el cariño, el respeto, el deseo de ver feliz al otro, la relación probablemente adquiera durante el duelo un tono más profundo.
Es verdad que el duelo conlleva mucha tensión, la situación es tan nueva y desgarradora que nos mantiene en alerta máxima y es fácil que salten chispas por lo que sea.
Cuando la vida nos pone en apuros, la paciencia con uno mismo y con las personas que amamos es esencial.
Cada duelo es personal, por eso no hay que dar nada por hecho, no hay una única forma de recorrerlo. A las mujeres, en general, se nos da mejor hablar de sentimientos, a los hombres no tanto, pero no por eso su dolor es menos intenso.
Cada uno a su manera atraviesa su propio desierto. No es momento de pasar facturas, si no de unir fuerzas respetando el ritmo y la forma de ser del otro. Cuando no salen las palabras, alcanzan y reconfortan tanto los abrazos, las caricias, las miradas de aprobación…
Para compartir el dolor tan solo es necesario estar presente, respirar juntos, cogerse a ratos de la mano y dejar que las lágrimas resbalen por las mejillas del ser amado




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