JUGAR COMO NIÑOS
Casi sin darnos cuenta, dejamos de verlo todo como un juego, como cuando éramos niños, y nos recubrimos enteros con esa capa densa de preocupaciones que suele envolver a los adultos.
Entonces, un buen
día llega un golpe secó, duro, de esos que te paran, que no puedes eludir y nos damos cuenta que lo que nos robó la ilusión, la parte divertida, eran puras tonterías.
Nos hemos pasado años angustiados por tan poco, persiguiendo un mañana que imaginábamos mejor, a costa de olvidarnos, de no ver, de pasar por alto el tesoro, lo único que tenemos, que es hoy.
Estamos tan acostumbrados a ir con prisas, a planificar o a mantenernos anclados en tiempos pasados que se nos escapa como el agua entre las manos el gusto por saborear la parte minúscula, esa que, en realidad, es la que endulza el alma; el placer de acostarnos en sábanas limpias, de lavarnos las manos con agua caliente cuando hace frío, de mirar por la ventana en primavera y ver como crecen en los árboles las hojas nuevas o como, ya enrojecidas, en invierno se encienden todavía más al atardecer.
La vida son momentos y nosotros podemos elegir vivir cada uno como si fuera el único, como si no hubiera nada más importante ni divertido que lo que estamos haciendo ahora.
Sea corto o largo el camino que nos toque recorrer, seguro que es más agradable si nos reímos de nosotros mismos, nos reímos con los demás y, así, suavizamos con cariño las tragedias. Sea lo que sea lo que nos toque vivir, sin dramas, con amor es más divertido.
ABRAZA TU CUERPO
Párate un momento, cierra los ojos y escucha a tu cuerpo. ¿Hay algún dolor?, ¿notas cansancio?, ¿la respiración es agitada, profunda, superficial, lenta? ¿Sientes alguna tensión?
Cuando me permito hacer eso y me limito a pasar un ratito atenta al cuerpo, sin intentar modificar nada de lo que observo, a menudo me invade una agradable sensación, como si se estuvieran aflojando hasta romperse unas amarras invisibles que mantenían tensos los músculos y en alerta cada una de mis células.
Nuestro cuerpo nos acompaña desde siempre en ese viaje que llamamos vida y, con frecuencia, damos por hecho que es su obligación hacerlo sin, ni siquiera, dedicarle una palabra amable, una sonrisa de reconocimiento por cada latido, por cada inspiración, cada sutil movimiento…
Él ha estado presente en cada una de nuestras batallas, de nuestros desencuentros y guarda, en su memoria, todo el dolor que no hemos expresado en llanto.
Cuando dejamos hablar al cuerpo en vez de amordazarlo, de obligarlo, de someterlo, de acallarlo o criticarlo recuperamos nuestro centro, nos sentimos con más fuerza, más enraizados en la tierra y, eso, paradójicamente nos da alas, nos une a algo más grande, nos enlaza, despierta esa parte, profunda y antigua, que sabe que todos somos uno, que nada existe fuera y por separado.
ACOGERSE A LA DULZURA
Hoy puede ser un buen día para dejar de exigirte, de reñirte, de culparte, de quejarte, de odiar a la vida o a quién sea… en fin, de seguir, como en una noria, dándole vueltas al miedo, al malestar en tu cabeza. No digo que enmascaremos lo que sentimos, no. Simplemente propongo una tregua, un espacio claro, luminoso, sin juicio, algo parecido al arrullo en los cálidos brazos de una madre. A veces, es tan necesario parar y, en silencio, acogerse a la dulzura.
Sea cual sea el sentimiento desgarrador que predomine hoy en ti es posible con cariño sosegarlo hasta que se desvanezca.
En cada uno de nosotros reside una fuerza inmensa capaz de darle la vuelta al dolor de nuestra historia, de sumar amor, en vez de quedar atrapados y separarnos. Hay tantos mundos como formas de mirar la vida. ¿Cómo piensas tú vivir hasta tu muerte, con ternura o con el corazón cerrado?
SONRISAS QUE SALEN DEL ALMA
Hacer ver que estamos bien cuando estamos mal es agotador y no merece la pena. Las falsas sonrisas no aligeran las penas ni llegan al corazón de nadie. Al contrario, llevar una máscara alegre cuando por dentro nos sentimos morir nos deja inmensamente solos, nos separa más de la vida y agranda el dolor profundo de sentirnos perdido en medio de la nada.
Si hoy te sientes desgarrado no finjas, es mejor parar, respirar, bajar el telón y suspender la comedia. Deja de luchar por estar bien, por alcanzar un entusiasmo que se aleja al perseguirlo. Mejor date un tiempo para estar contigo.
Quédate en silencio, en el sofá y a tu aire, sin prisas, empieza a desenredar con cariño la madeja de emociones que te oprime el pecho, que te cierra el estómago, que te tensa la espalda, la nuca, los hombros… Escucha con ternura cada lamento de tu cuerpo y llora.
Las lágrimas liberan la carga que arrastra cada una de tus células por intentar ser otro desde hace tiempo. Permítete ser tu, solo tu en este momento, sin expectativas ni dramas. No te enfades contigo por estar mal, no añadas leña al fuego. No estés triste por estar triste.

Las emociones, los sentimientos son como las olas, vienen y van. Fluyen con la vida si no las entorpecemos. Son algo natural como el paso de las estaciones.
Cuando nos entregamos con amor a lo que hay es más fácil sintonizar con la calma y, entonces, se produce el milagro y aparecen destellos de luz, chispas de alegría, sonrisas que salen del alma.
CON DULZURA
Me he pasado media vida intentando esquivar el dolor y el miedo porque no sabía que si les abría las puertas y los acogía se desvanecían.
Pretendía, con todas mis fuerzas, rehuir lo inevitable y, mientras, el miedo se hacía más terrorífico y grande. No sabía que la tristeza tan solo pretendía que la mirase, que le permitiera entrar en casa, que la mimase.
No pasa nada por estar triste y sentir miedo, forma parte de la condición humana. La tristeza y el miedo, vienen y van, son temporales. Puedes ser feliz y tener miedo y estarcontento y, a la vez, triste y desconsolado.
Entregarse a lo que hay, con ternura, es el primer paso para sentirnos mejor, más a gusto. No importa tanto qué nos toca vivir como el cariño que le ponemos a lo que vivimos.
Siempre podemos mirarnos a nosotros y a los demás con dulzura, al fin y al cabo todos atravesamos a ciegas ese bosque encantado que llamamos vida.
SENTIRLOS SIN VERLOS
Cuando era pequeña y se acercaba una fiesta grande las mujeres de mi casa, mi madre y mi abuela, empezaban los preparativos limpiando a conciencia. Se abría la vitrina de la cristalería y no se volvía a cerrar hasta que todas las copas relucían y así con el resto de muebles, cristales, puertas, cortinas y armarios.
Desde luego, esa no era la parte que a mi más me entusiasmaba de las celebraciones, he tardado muchos años en descubrir lo agradable que puede ser poner orden, limpiar, sacarlo todo, tirar lo inservible y quedarnos solo con lo que necesitamos, lo que nos gusta, lo que nos hace sentir bien.
Poner paz en nuestro interior es parecido a voltear la casa. A mi me parece que, después de un golpe duro, de esos que nos dejan fuera del mundo, no es posible volver a celebrar la vida sin pasar por el trajín de curar nuestras heridas. Ir de habitación en habitación, sacar todos los cajones y limpiar con amor y perdón todo lo que nos pesa, nos duele, nos incomoda.
Mirar en nuestro interior asusta, nos parece que si abrimos la caja de Pandora no podremos con tantosufrimiento acumulado, escondido debajo de las alfombras. Pero he podido comprobar que no corremos riesgo, que lo importante es la intención, de lo demás se encarga el alma. Tenemos una parte sabia que marca el ritmo que necesitamos, ni más ni menos.
Cada vez que liberamos un conflicto aparcado, que trascendemos un miedo dejamos espacio para prestar más atención a la belleza, a la parte amable y dulce de la existencia. Cuando dejamos de pelearnos con nosotros mismos, con el mundo, con quién sea, surge de nuevo la alegría.
Duelen horrores las sillas vacías en Navidad, es cierto, he pasado muchos años bajando al infierno en diciembre, mes en el que murió mi hijo Ignasi, pero la buena noticia que puedo compartir es que cuanto más cerca del amor estamos más fácil resulta sentirlos con nosotros sin verlos. Ya no hay separación ni distancia, solo un inmenso cariño lo invade todo.
¿QUÉ PREFIERES PLANTAR EN TU INTERIOR?
La gracia de plantar semillas de amor es que funciona, ¡¡florecen!! y expanden una fragancia exquisita. Envueltos en su delicada esencia la vida transcurre suave, con menos esfuerzo. También hay tempestades, claro, pero nuestra actitud es otra, nuestra mirada es más compasiva, más amplia, no son tan importantes los resultados como la calidad del momento presente.
Cuando plantamos semillas de amor permitimos que la vida suceda, nos entregamos a lo que venga, confiando en una sabiduría ancestral y eterna. Para qué intentar llevar las riendas de lo que sabemos a ciencia cierta que es incontrolable. Controlar no controlamos nada, tan solo elegimos la manera en que encaramos lo que sucede. Por poner un ejemplo cotidiano, una cola larga en el super puede ser un tormento o una bendición que nos permite descansar un rato.
Entre las semillas de amor una de las más hermosas es la gratitud. Agradecer el aire que respiramos, la lluvia que alimenta los campos y limpia las ciudades, el sol que impulsa la vida, que levanta el ánimo, que crea alegría. ¡Hay tanto que agradecer!
Qué distintos son los frutos de la tierra abonada con semillas de amor o de “chismes” y prejuicios. Las semillas de amor crean paz y sosiego, las otras nos secan por dentro.
DESTELLOS DE LUZ
Cuando la vida nos pone de rodillas podemos quedarnos en el suelo, hacer oídos sordos, cubrirnos con un manto de lamentos y quedar fuera del mundo hasta que llegue nuestro último suspiro. Sí, podemos adoptar esa actitud y seguramente no tenemos otro remedio que hacerlo durante algún tiempo hasta que intuimos que, tal vez, aunque parezca imposible, tenemos la fuerza para levantarnos, aunque no sepamos cómo.
Al principio vamos a tientas. El huracán se ha llevado lo que éramos y el dolor nos ciega. Dentro de esa oscuridad, no obstante, es posible ver surgir preciosos destellos.
Las palabras cariñosas son uno de ellos. Tienen luz propia. Cuando somos capaces de decirnos a nosotros mismos algo agradable, afectuoso, en nuestro interior se enciende el interruptor del cambio. Cada palabra de amor que pronuncian nuestros labios alienta el sosiego y tiene el poder de crear bondad. Cada palabra de amor que escuchamos es un canto a la vida que tira de nosotros hacia arriba.
También los silencios son sagrados cuando están vacíos de quejas y reproches. Hay silencios tan cálidos que parecen abrazos. La quietud de esos silencios nos acuna y tiene mucho que ver en nuestro renacer. Como si el alma necesitara calma y sigilo para hacer limpieza de tantas tristezas, de tanto dolor aparcado, antes de incorporarse al río de lo cotidiano.
Otro reluciente destello es el perdón. Tiene el don, la gracia, de sanar los corazones rotos. Nos convierte en personas más dulces, menos rencorosas y amargadas. Nos aparta del odio y la culpa y nos acerca a la belleza, a la alegría de volver a empezar. Esa alegría serena que refleja la mirada de los que han descubierto su fortaleza al perdonar, sin reservas, a sus enemigos. El odio no es conquistado por el odio. El odio es conquistado por el amor.
Por eso, esos guerreros de luz han ido más allá de sus propios miedos y saben que aceptar y agradecer es la clave. Aunque muchos tengamos que empezar el camino aceptando que no aceptamos los que la vida nos trae.
DESAFÍOS DE AMOR
Quizá porqué se acerca Navidad y la nostalgia llama a muchas puertas siento la necesidad de ampliar la mirada, de crear amor con cada pensamiento, con cada palabra, en vez de dejarme llevar por la inercia de las apariencias, de las suposiciones, del bullicio de las críticas, de las prisas de las compras, de las celebraciones en mesas llenas de desencuentros.
Las fechas señaladas son desafíos de amor y requieren las mejores galas del alma. La dulzura de una palabra cariñosa, el calor de un abrazo, el silencio que acompaña, la honestidad que reflejan los ojos que no juzgan nada. De esos desafíos, si nos permitimos sentir lo que sentimos, suelen nacer historias preciosas, momentos sublimes, mágicos.
Dicen que en cada desierto se esconde un manantial. ¿Pero cómo encontrarlo si el dolor de las ausencias nos paraliza? Parece ser que no hay atajos y, como en las peores pesadillas, el manantial se aleja cuando más nos obsesiona alcanzarlo. En cambio, si nos rendimos con compasión al dolor, a la tristeza, a la ira, al miedo sin alimentarlos se produce el milagro.
Como los príncipes de los cuentos es preciso antes de conseguir el tesoro enfrentarnos a nuestros monstruos. Lo que nunca nos han contado es que para vencerles necesitamos amabilidad, ternura y paciencia, en vez de espada o cañones. La letra de la que hablamos con sangre, por fuerza, no entra, al fin y al cabo esos miedos nos pertenecen, llevan, quizá, en nuestro interior o incluso en nuestra propia familia generaciones.
Tal vez solo están pidiendo a gritos que los escuchemos, que abandonemos la creencia de que no podemos pasar de pantalla, saltar al vacío y sentir, sin más, que estamos vivos, aunque tengamos miedo. Ese es uno de los desafíos de amor a los que nos enfrenta el duelo: a vivir lo que sea, con el corazón abierto. A no renunciar, aunque duela.
Son días duros los que se avecinan, lo sé. He pasado muchas navidades en el infierno sin querer salir de la cama para huir de todo, con una piedra inmensa en la boca del estómago. Pero también sé que si me he levantado ha sido porqué el amor es más fuerte que el miedo, lo puede todo. En realidad es sencillo, simplemente hay que vivir el momento, segundo a segundo, contemplando como entra y sale el aire de nuestro cuerpo, cada vez que la mente se empeñe en viajar en el tiempo.
QUÉ HERMOSO ES VIVIR SIN MIEDO
Me encanta abrir las puertas a la hermosura de vivir sin miedo, a sentirme segura, querida y arropada como cuando era pequeña y, después de un largo paseo, mi padre me llevaba en brazos, por la calle, mientras yo me hacía la dormida.
En la adolescencia, los brazos de mi padre ya no podían, aunque él quisiera, contener mi malestar y mis miedos y, de alguna manera, me imaginé perdida y sola ante los desafíos de la viva.
Me inventé una suficiencia que no tenía y me cubrí de una capa densa de orgullo, con la intención de ocultar, de no ver ni sentir mi desasosiego, mi vulnerabilidad, incluso mi ternura. Sin saber que así el abismo que me separaba de la serenidad crecía.
Escogí, por ignorancia, ropajes que ocultaban el esplendor de mi propia esencia y me separaban de la luz de los demás. ¡Qué poco ayuda estar pendiente siempre de si somos mejores o peores que los otros! ¡Cuanto miedo encierran las comparaciones! ¡Qué cansancio mantener a toda costa nuestros principios! ¡Qué agotador vivir pendiente de qué dirán!
Por eso, para poder dar marcha atrás, para intentar poner el marcador a cero, son útiles los golpes fuertes que nos da la vida. Un gran duelo abre la posibilidad de despertar, de reinventarnos, de descubrir lo hermoso que es vivir sin miedo.
Duele tanto la muerte de un ser adorado que no tenemos otro remedio que rendirnos a la vida. Cuando tocamos fondo, cuando verdaderamente no podemos más empezamos a hacer grande el amor que nos sostiene.






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